Los noventa se apoderan de la Docta, tengo trabajo en un local sobre la peatonal, vendemos zapatillas, valijas y raquetas de tenis. Los martes hacemos vidriera, eso es ahorrarle plata al dueño y armar una vidriera que finalmente queda mal (porque no tenemos idea de cómo se arma pero le ponemos onda y la mayoría de las veces mal gusto). Tengo de jefe un hombrecito de un metro cuarenta que en su carrera meteórica hacia la gerencia nos sugiere no pedir postre los días que armamos la vidriera (el único día en que el dueño paga el almuerzo en un bar con sillas de plástico) para no encarecer la cuenta. Es casi un metro y medio de persona, una persona chiquita, en su amplia acepción. Martes a la tarde, el negocio se abre; bostezamos de aburridos y cansados.

En medio de la tarde lenta se aparece ella. Mezcla rara de piloto beige con anteojos negros que le cubren media cara, bufanda, gorro, botas negras. Viene rodeada de un séquito que habla en porteño vernáculo, con muchas sibilantes, mucha ere apical, mucho anillo en las manos. Es Soledad Silveira dice un compañero. Contextualicemos: era una época en que las estrellas del showbis argento se veían solo en el cine, la TV y en las tapas del Caras. Uno no tenía el Facebook de Marcelo, Susana o Mirtha por ejemplo, no como hoy, hoy tenemos suerte. El punto es que llega Solita con su voz imitación Graciela Borges y se para en medio del salón. El gerente del metro cuarenta se derrite y elige la mejor vendedora para atender a Solita. Quiere comprar pomada para los zapatos, lleva un cigarrillo encendido, todavía no estaba prohibido fumar en interiores públicos y si hubiera estado nadie le habría dicho nada porque el placer de estar en el mismo cuarto con ella y respirar el mismo aire lo vale todo. El jefe le hace unas bromas sobre Buenos Aires, como el perrito que salta de alegría porque vuelve el dueño, la diva se sonríe y pregunta cuánto es. Ella no saca dinero de su cartera, paga una mujer del séquito. Se van sin saludar. En el salón queda el olor a pucho y el chico del depósito espiando por el hueco de la escalera para ver si podía verle aunque sea el taco de la bota. Dos vendedoras se enojan con el gerente porque no las eligió para atender a la actriz y sacan a relucir décadas de antigüedad en el local, lo que debería haber sido determinante en la injusta elección y otras dos se diputan el año de nacimiento de la diva que pasó, aunque, acuerdan, lo bien que se la ve. La visita de Solita es un hito en la historia del local. Desde ese momento, todo lugar será referido en relación al mostrador donde estuvo Solita, todo tiempo será a la misma hora o más tarde o más temprano que cuando llegó Solita, etc. Cuando llega el dueño, se le cuenta que hemos sido visitados y por qué negarlo, elegidos, por Solita.

Las horas vuelven a pasar lentas en el mundo diminuto de San Martín al 70. La cajera y su obsesión por el chisme, la clienta que te trata mal y mi enojo porque me toca limpiar el baño, soy el más nuevo. En cuanto a hitos, después vendrían la Mona Jiménez y las mejicanas Ivonne e Ivette de La Pachanga. Grandes placeres del mundo de la venta y el roce con luminarias. Al estilo Jorge Luis al final de La marca de la espada…“ya les he contado mi verdad. Ahora envidienmé!”.

– Ariel Ingas

arielingas@hotmail.com

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