En el 2002 me mudé a un departamento en el centro de Córdoba, sobre Colón, entre Fragueiro y Urquiza. Interno, luminoso, bellísimo. Los amigos empiezan a visitarme, traen vino, intercambiamos libros, artículos del Página, ejemplares del Caras y Caretas, jugamos al truco. Una mañana, pasa a tomar mates una amiga de ese momento. En realidad, había ido al centro a comprar un regalo para el cumpleaños de no sé quién y como no encontraba qué comprarle a la cumpleañera, le compró, como último recurso, una brujita de cerámica fría. Era un figurín entre grotesco y querible. Había algo de dulzura y mucho de mal arte en sus terminaciones. Encarnaba buena intención en manos y cuerpo amorfos. La brujita estaba sentada en una vela cuadrada y sus piernas eran de lana, por lo cual, uno podía arreglarle las piernas para que estuviera de piernas cruzadas o no, siempre mostrando unos zapatones hermosos. Medía no más de diez centímetros. Después de los mates y de ciertas reflexiones y risas sobre lo inadecuado del regalo, mi amiga decide deshacerse del objeto y comprar otra cosa, la brujita queda en casa, sentada en su vela, imagino desconcertada. La acompañan CDs y unos potus, vive feliz algún tiempo. 

En el 2006 en la mudanza hacia La Bolsa, los adornos de un estante van a una caja. Se mezclan unas copas, unos mazos de cartas, un cenicero y la brujita. Completo el viaje, las copas y el cenicero han sobrevivido, pero la brujita ha perdido su cabeza. En la esquina de la caja, boca abajo, mostrando su pelo verde, está la cabecita con el gorro negro en punta. El resto del cuerpo, con las piernas despatarradas, debajo de las copas. Decido tirarla, pero no lo hago en ese momento, en una mudanza hay otras varias prioridades. Pasan los años y la brujita los vive en un cajón, lleno de lapiceras, abrecartas e hilos, ella sentadita, su cabeza al costado. 

Mediando el 2010, más o menos, comienza a trabajar Laura en la limpieza de casa, una chica con una sonrisa luminosa y que no podía distinguir entre lavandina y detergente, entre jabón para la ropa y Pinexo para los pisos, lo que no le causaba problemas, preguntaba, aprendía y limpiaba mal, punto. Un día de esos llenos de actividades, regreso y en lugar central del aparador, al costado de una lámpara está sentada la brujita. Se nota en su cuello la franja de pegamento como una cicatriz, tiene las piernas cruzadas. Laura la señala como diciendo, mirá lo que encontré. 

La brujita pasa estos últimos años entre estantes primarios y de segundo orden. Compite con la inocencia de unos cuadritos con imágenes de gatos traídos de San Telmo, con el porte elegante de un sifón de vidrios de colores, con la belleza sobria de un candelabro de plata. Se ha insertado callada, como quien no quiere ser notado pero a la vez no se esconde ni se retira, hace uso del derecho de ser uno más y tiene acceso a eso. 

Ayer, se me cayó un libro desde un estante y con efecto dominó le pegó al candelabro y este a la brujita. La brujita cayó al piso y su cabeza rodó unos centímetros, hasta el costado de mi pie. Recién entonces me he puesto a pensar en los años que hace que está a mi alrededor. En cómo jamás fue mi elección y cómo supo permanecer a mi lado espiando el tiempo. Anoche le he pegado la cabeza con un pegamento transparente sobre el que ya tenía. La he puesto en un estante alto en la biblioteca y desde ahí me mira escribir su historia, que es nuestra historia. Ha demostrado que será ella la que permanecerá. Sabe cómo hacerlo. Yo, simplemente dejo sentado a través de este escrito que las historias de vida importantes son esas, las que han sabido sobrevivir, las que después de años y años de quebraduras y bonanzas miran calladas lo que puede venir, porque incluso estando en el borde y al lado de un abismo, siempre confían en que habrá alguien que las acogerá y las emparchará en caso de estar rotas. 

– Ariel Ingas

arielingas@hotmail.com

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