La primera imagen tuya que me viene es una en medio de una humareda, cortábamos la ruta al frente del CPC de Villa El Libertador. Terminaba el siglo y el hambre asediaba. Te veo en medio de una nube densa y agria que nacía oscura desde las llamas de unas cubiertas de camión que comenzaban a mostrar los alambres internos, intestinos circulares y metálicos. Puteabas a un automovilista que te mandaba a laburar, le explicabas que no tenías laburo, que pasabas hambre, le pateabas el auto. Con una mano te tapabas la boca para no respirar el humo negro y con la otra sostenías uno de los palos del pasacalle. Te había acompañado con los demás para ayudarte a cortar la ruta. Tenías unos quince años y ya convencías gente, movilizabas iras. Fui con ustedes pero no me quedé, solo te saludé y te dije mi nombre, Leandro. Me tenía que ir a la escuela, no te interesó lo que te dije. 

La tarde en que empezamos a conocernos estábamos en la plaza de la Villa, era una siesta de un noviembre húmedo. Con unos amigos les buscábamos formas a las nubes. Dijiste que vos no veías ni la trompa del elefante ni el trébol que todos veíamos. Dijiste que no te importaba complacer, que si no lo veías, no lo veías; te aburría el juego. Te invité a tomar una Coca a mi casa y me dijiste que tenías cosas que hacer, que no te interesaban las historias de escuelas o de gente que vive bien, remarcaste. Mi viejo trabajaba en la Renault y vivíamos mejor que muchos de nuestros vecinos, la diferencia era cierta. Fuimos hasta la puerta y no quisiste entrar, pero me miraste, cómo me miraste. 

Ya vivíamos juntos cuando descubrí lo del Turco y vos. Llegué tarde al asado y no sabía que ya estabas. Entré al patio y vi la forma en que te corría el pelo del hombro, esos dos centímetros demás en la cercanía de sus labios y tu oído. Me viste y te sobresaltaste, ahí estaba la prueba. Viste mi gesto y no me atacaste como lo habrías hecho si me estuviese equivocando, me diste un beso, el más amargo que recuerdo. Y el Turco, si lo habré bancado al querido y odiado Turco. Esa noche te dije que lo había visto todo. Te enojaste y me gritaste. Eras buena para instalar el caos del grito, de los repasadores aventados a mi cara. Pero yo era bueno con las palabras. Te dije que no me importaba tu calentura con el tapizado de cuero de su auto, pero sí, que tiraras a la mierda todo lo que habías defendido. ¡El Turco y su negocio de los terrenos en Carlos Paz, el Turco y su BMW, el Turco y sus camisas! Te dije que traicionabas tu clase, te dije desclasada. Me mirabas consternada, que qué mierda tiene que ver una cosa con la otra, que tenías derecho a coger con quien quisieras en tapizados de cuero o en catres de soldados. Que te dabas cuenta de que habíamos sido un par de errores, vos uno mío y yo uno tuyo. Te calmaste y te fuiste. 

Cada vez que vuelvo a Argentina pienso que las nubes que se ven desde el avión son particulares. Me gusta pensar que las podría reconocer en cualquier cielo como las nubes de mi país. Ese colchón blanco, hermoso y onírico, ese silencio que imagino ahí afuera. Ahora mirando las nubes y regresando me he puesto a pensar en vos, Rocío, en tu lava interior, en tu capacidad para entrar en combustión con el mundo sin chispa alguna. Creo que naciste revolucionaria en un tiempo sin revoluciones, como esas personas que eligen una ocupación equivocada y extemporánea, como un deshollinador, como un espía de la guerra fría. Miro las nubes y pienso que fuimos cielos diferentes, vos uno de verano, cambiante y de nubarrones negros, uno capaz de descargar granizo y rayos sobre cualquier criatura que se te cruzara; yo un cielo de mayo, tremendamente limpio y terriblemente aburrido, un cielo sin una sola nube que lo empañe y hogar celeste del intrascendente sol tibio del otoño. Andarás detrás de algunas luchas armadas y de las otras, a cara cubierta, con el cabello oliendo a kerosén, con las palabras ásperas en la punta de la lengua. Espero hayas encontrado a alguien que entienda tus contiendas y pelee a tu lado, alguien que se te meta adentro y te calme las palpitaciones desmadradas, alguien que sea una cucharada de miel en la garganta irritada después del grito. 

Yo no pude, no supe.

 

 

– Ariel Ingas

arielingas@hotmail.com

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