Hacer un café no es cosa fácil. Estamos hablando de un café que valga el placer tomar, un café que no engañe como el que le pedimos al mozo y que otro preparó. El café se hace en la soledad de la cocina de uno, la decisión atraviesa el pensamiento y se convierte en una idea, una buena idea.

Hay que tener los ingredientes que no son muchos pero sí irremplazables. Una cafetera, unos granos de café, algo para molerlos, agua caliente y quizás un poco de azúcar. Encienda la hornalla. Hágalo con el calor de esas noches en que los amantes no han llegado a materializarse aún y se pasean por la imaginación. Hágalo con la mirada que desnuda, hágalo con el aliento que se acerca al oído, aliento trepado a unos labios que no se sabe si besan o murmuran. Ponga a calentar el agua, mire las burbujas aparecer de la nada, como aparecen los momentos felices, así, esos que uno no espera. Una palabra suave, una promesa con la fuerza de un puntal, un gesto tierno, partes de una
conversación inteligente.

Coloque los granos de café en el molinillo y active las cuchillas, destroce lo inflexible, aplaste las durezas de un recuerdo acechante. Deben ser mil vueltas hasta que el rencor mute en olvido, mil vueltas más hasta que se sequen algunas lágrimas. Abra la tapa y huela el café. Deje que el aroma lo lleve a otros aromas. La gorrita de algodón del bebé que acaba de nacer, las manos con crema Hinds de la madre que vino a taparnos en invierno, el perfume ya gastado de la camisa de un amor ausente. Viértalo en una taza de tamaño mediano, no tiene que ser una taza elegante, le quitaría el hechizo de lo cotidiano, tiene que ser una taza mágica, una que jamás se llene y que nos obligue a hacer, a través de los años, miles de litros de café. Sólo agregue azúcar si necesita alguna mentira para poder seguir. Endulceló si así lo desea, mientasé, maquillesé, inventesé.

No hay nada de malo en necesitar unas cucharaditas de algún endulzante de vez en cuando. A diferencia de otras recetas no hay ningún secretito que pueda aportar. No porque no lo conozca si no porque sé que no lo hay, cada café es único, cada fuego y cada gota de agua, cada grano y cada terrón de azúcar.

Ponerse a hacer un café no es cosa fácil, solo los valientes que han logrado traspasar unas noches oscuras hacen café en la mañana. Solo los que resistieron esas noches, solo algunos pocos agónicos sobrevivientes.

 

– Ariel Ingas

arielingas@hotmail.com

You May Also Like

Santiagos

Nos juntamos una vez más después de más de treinta años de…

Solita

Los noventa se apoderan de la Docta, tengo trabajo en un local…

Rocío y las nubes

La primera imagen tuya que me viene es una en medio de…

Duraznitos y lazo de amor

En el trabajo me preguntaron si me interesaría participar de los viajes…