Nos juntamos una vez más después de más de treinta años de conocernos y los que vamos a otra cena somos otros a los adolescentes fuimos en aquel colegio secundario. Nos envuelve el tiempo y circunstancia de hombres y mujeres con algún camino recorrido. Somos cuatro y nos reímos más que otras veces. La conversa rebota en los relatos sobre la centralidad de una suegra, unas ventas que han caído, unos cambios bruscos en la vida de alguno y Santiago que cuenta una anécdota para “tus libros” me dice. Tenés que escribirla, aunque yo te cuento lo que pasó y después vos escribís lo que te da la gana… Y bueh, los embusteros escribientes somos así, digo. Entonces acá va, la anécdota de Santiago, basada en una historia real. Intentaré atenerme a los acontecimientos, dice intentaré, no debe leerse ahí una promesa.

Santiago tiene dieciséis años, hijo de esa clase social de cordobeses que desde muy jóvenes salen a trabajar, decisiones no apelables, hay que aportar. Trabaja con el padre en la cantina de la cárcel en barrio San Martín, era un buen laburo cuenta el Santiago hombre, se hacía buena plata. Son mil quinientos clientes cautivos pero no lo volvería a hacer. Santiago está encargado de repartir mercadería a los presos. Ellos designan a alguien que venga a la cantina a hacer el pedido con un guardia a quince centímetros de su espalda y la lista en un papel sucio. Santiago arma el pedido y sale a las celdas y los pabellones, con el guardia atrás, con curiosidad en los ojos. Es tiempo de navidad y del pabellón 7, donde están los más internos más peligrosos, piden barras de hielo. Yo voy, dice Santiago. 

El Santiago hombre cambia el tono del relato, piensa, evalúa las decisiones tomadas, recuerda y estoy seguro de que no cuenta todo lo que piensa, sigue. Mi viejo me manda con el guardia a dejar la barra de hielo al 7. Detrás mío, el guardia y un preso que es empleado de la cantina. La barra es incómoda, me mojo la ropa y no me disgusta, la cárcel hierve en diciembre y en enero, y en marzo y en octubre. Llego al pabellón y dejo el hielo en el suelo; detrás de mí se cierra la puerta. Tengo una reja entre el guardia y mi empleado. Delante mío, un semicírculo de presos que se me acercan, retrocedo mirándolos hasta que siento el frío de los barrotes en la espalda. Me aprieto contra la reja como si la materia de mi cuerpo por consecuencia de la presión pudiera atravesar el hierro, las manos me transpiran y están rojas. Santiago hombre está en esa celda también, se le tensa la mandíbula. Lo miro fijo, me mira y no me ve. A Santiago se le acercan dos presos. Uno le pasa la mano por la pierna, el otro saca una sevillana que despliega a un centímetro de su ojo derecho. Le pone la punta de metal bajo el mentón, el otro le murmura con aliento a perro: sacate la ropa. La escena estereotipada de mil películas, hasta parece gracioso, dice Santiago hombre, así huele el infierno, piensa el Santiago imberbe. Los latidos se aceleran, las piernas empiezan a desvanecerse, el estómago es un remolino y no estoy seguro de si me estoy orinando o no. Del calvario lo saca una risa, la risa de quien ha hecho una buena broma, una efectiva, de esas que humillan a la víctima. Todo se recompone, hay palmadas, Santigo espera que las lágrimas no hayan asomado, aunque a esa altura ya lo han ahogado internamente. El guardia que es cómplice lo felicita al sacarlo de la celda enorme, macho, le dice, te la bancaste. Hace una relación directa entre los minuto trágicos y el tamaño de su pene. Santiago le cuenta al padre con oraciones cortadas cuando llega a la cantina pero el padre ya sabe; sabe “porque fui yo el que lo organizó”, admite. ¡Y te la bancaste pendejo! El macho pone una garra en la cabeza del cachorro que ha salido invicto del rito iniciático. Ahora es hombre, irá más armado a repartir el hielo, será el que casi lloró en el pabellón 7, nervioso se reirá de la anécdota treinta años después pero todos saben que debajo de esos pantalones hay hombría para rato, de eso se trata. Nos quedamos serios, el Santiago hombre tiene la mirada mojada. 

Escribila me dice, como si ver la historia encarnada en letras lo ayudara al exorcismo, a la remoción de esa angustia que jamás salió y que todavía le entrecorta la voz. Santiago se ganó el título de hombre en la más hostil de las canchas, hoy es un hombre que sabe de vítores, de títulos viriles. En el silencio de las copas, escuchamos el sollozo del Santiago adolescente, que no se calma y no sabe por qué las lágrimas no dejan de correr. 

 

 

– Ariel Ingas

arielingas@hotmail.com

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