En las mesas de domingo se come con la familia, tomamos unos vinos y conversamos. Se conversa y se construye, el pasado se construye con los pedacitos de memoria que cada uno lleva consigo y trae a la mesa. La construcción se da cuando, ladrillo a ladrillo, vamos armando entre todos una escena, un tiempo, un personaje, y lo llamo así porque el resultado de nuestro rompecabezas ya no es la persona que vivió en ese pasado sino construcción coral, conjunta creación: personaje.

El domingo le tocó a un hombre que estaba relacionado al trabajo de mi papá. Vamos a llamar al protagonista “Don Retti”. Mi papá tenía un horno de ladrillos y para hacer el barro necesitaba agua, que llegaba al cortadero en camiones; la administración de esos camiones eran el negocio de Don Retti, es decir, el aguatero proveía uno de los insumos necesarios para hacer ladrillos, el negocio de mi papá. Cuando aparece el nombre del aguatero, lo que yo recuerdo es que su patio era tan grande que permitía tener una rotonda propia. Sí, uno iba en el camión, mi papá manejando, y una vez terminada la conversación de los dos hombres en la que se acordaban día, cantidad y precio del agua, ambos parados en una galería extrañamente alta (a la altura de la puerta del camión), nos íbamos dando vuelta a una rotonda que tenía alrededor unos cobertizos llenos de herramientas, unos gallineros sin gallinas, una huerta medio mal cuidada y una arboleda en la puerta. Siempre me pareció raro una casa con rotonda.

Mi hermano recuerda que Don Retti tenía en su galería un pizarrón donde, si el dueño de casa o esposa no estaban, los clientes anotaban día y hora de visita y pedido. Una especie de asistente de barrio de hace cuarenta años. “Vargas dos camiones miércoles, Ingas un camión mañana” habrá versado el pizarrón. No lo recuerdo, una lástima. Nos acordamos de los perros enormes que no te dejaban bajar del camión; recordamos que la hora de los pedidos era a la tarde y cuando mi papá decía voy hasta lo de Retti, uno sabía que podía dar un paseíto corto en el camión porque la casa del aguatero estaba a unos diez minutos de casa.

En la construcción alguien menciona la muerte de Don Retti, evento desconocido para mí, pero extremadamente atrapante. Don Retti tenía una esposa siempre enferma, “una mujer chiquita”, acota mi vieja en la mesa; ella muere y su esposo ya no encuentra ganas de seguir viviendo. Supongo que el huerto dejado, las gallinas ausentes pueden ser una de las escenas de ese tiempo. El punto es que un día, el hombre toma la decisión y se sube al tanque enorme en el que acopiaba el agua que después vendía, se sienta en el borde y con la escopeta en la boca se dispara. El lugar elegido es estratégico, no quiere dejarle espacio a la posibilidad de la supervivencia, si las balas no hicieran su trabajo, se encargaría el agua, a la que caería de espaldas, de ahogarlo. La imagen de su cuerpo cayendo sobre el agua es para mí de una terrible belleza. La metáfora del dueño del agua, matandosé al lado del agua, confiando, una vez más, en que será el agua la que cumplirá su deseo en caso de que los perdigones fueran infieles. Su cuerpo flotando en el agua, su muerte encontrandoló de espaldas, en el agua. Terminamos de comer y estoy convencido de que hay que rescatar la historia de Don Retti, sigue un champancito que alguien ha traído.

¿Cómo y quién nos rescatará a nosotrxs? ¿En qué mesa, si es que en alguna, se dirá que comíamos y hablábamos del pasado? ¿Quién relatará nuestras muertes? ¿Serán muertes estéticas o solo grises escenas en silencio?

No lo sé. No importa. O sí, pero no es el momento.

 

 

– Ariel Ingas

arielingas@hotmail.com

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